Google y las musas del escritor
Un poeta subido en un borrucho dijo que no escribe bien el que escribe como se escribe, y un tal Ramón pensó que el buen escritor no sabe nunca si es buen escritor; tampoco lo van a descubrir los críticos, que son los cornudos que guardan el cementerio. Hubo otro listo que, al oficio de crear novelas, poemas o dramas, expresar ideas con letras, crear personajes, descubrir y analizar la actualidad, lo llamó la comedia de escribir. Yo pienso, al contrario, que escribir no es una comedia, sino, en muchas ocasiones, un drama y hasta un suplicio. Ante el papel blanco, en algunos momentos, el escritor, el periodista, enmudece, se le colapsa la ideación y el ritmo de la prosa. Una vez le pedí consejo a mi amigo Camilo José Cela, diciéndole: “Hay momentos que estoy escribiendo y no se me ocurre nada. ¿Qué hay que hacer en este caso?”. “Pues seguir esperando ante la cuartilla hasta que se te ocurra algo, coño”. Todos los oficios son duros, y peor es trabajar.
La profesión de escritor o periodista es fácil si te limitas a colocar un párrafo detrás de otro como suelen hacer innumerables colegas, pero si aspiras a dejar tu propia manera de respirar en el mundo, a emplear el vocablo con su adjetivo exacto, al ir componiendo la prosa con ritmo, precisión, claridad y alguna belleza, si pretendes no aleccionar, no aburrir, no sermonear, no dormir al lector, teniendo en cuenta que muchas veces la escritura se usa como somnífero, el trabajo de escribir es difícil, intrépido, casi sobrenatural. El dejar en cada párrafo tu manera de ser y de ver el mundo exige esfuerzo, imaginación, estar en posesión de cierto aparato verbal.
A todo eso se le suele llamar estilo, arte, maestría. El estilo es el aroma y el compás propio, tal vez el duende, como se atrevió a definir Federico García Lorca, a tener voz propia, poder misterioso, esa pequeña llama que sube por dentro desde la planta de los pies. Lorca a eso le llamaba ángel, y otros con más modestia le llaman estilo.
Lyndon B. Johnson preguntó una vez a Hugo Sydey, escritor de la revista Time, su opinión sobre “la camarilla de Georgetown”, refiriéndose a los periodistas de The Washington Post que habían investigado a Richard Nixon. “¿Por qué cuando yo digo algo suena a mierda y cuando lo dicen ellos suena a Channel número 5?”, insistió el mandatario. Esta anécdota fue recordada tiempo después por el propio director de The Washington Post, Ben Bradlee, a la postre uno de los responsables del descubrimiento del Watergate, el Cantar de Mio Cid del periodismo moderno. He ahí una definición del estilo, aroma que desprende el pistilo, he ahí el ángel, la música de la palabra. Los vocablos pueden oler a mierda o a salmo, depende del estilo.
Lo demás es trabajo, porque ya no hay musas. Escribe Borges que la doctrina romántica de una musa que inspira a los poetas fue la que profesaron los clásicos. Más tarde, para los románticos, la musa fue una querida sin chales en los pechos y flojo el cinturón; luego, la musa pasó a llamarse inconsciente y, por último, las musas se extinguieron, se electrificaron, volvieron al infinito y sólo pueden ser invocadas por Google. Yo no creo en la inspiración, sino en el oficio. Antes se creía que la del escritor era una misión superior, relacionada con los dioses, la ocupación del escriba, la del señor de las palabras, la del mago, el profeta, el evangelista, el bardo. Dice Manuel Vázquez Montalbán que el hombre que conocía el arte de escribir era superior a los demás por ese simple hecho y eso no puede decirse de otros trabajos en la Corte o en la Iglesia. Ahora, el que escribe está a la intemperie, se echa a sí mismo a los cocodrilos en los blogs, a las preferencias de los lectores que se miden en encuestas, a la presión política y a la propia línea del periódico o la editorial: eso ocurre si no trabaja en EL MUNDO, donde sólo te corrigen las erratas, no las temeridades o las transgresiones.
El oficio de escribir puede enseñarte a no hincharte como una rana porque cada día revela tus límites. Pero, de todas formas, es hedónico dejarse llevar por la música de las palabras, que unas empujen a las otras sobre el texto y ver que al final se logra armonía y se llega a expresar lo que no estaba previsto. Lo más importante es no dejarte llevar por lo ya pensado por otros, cosa casi imposible, e insisto, hay que tener un estilo. Las ideas vendrán después y, si no vienen, no pasa nada; se puede sobrevivir en este trabajo solo con estilo.
Yo creo, tal vez equivocadamente, que el secreto de llegar al corazón del lector no está en ser profundo y oscuro, sino en decir con claridad las cosas más enrevesadas, huir de los tópicos, de las frases hechas, de los lugares comunes. Y frente a lo que piensan algunos, yo no creo que escribir sea una tarea de neuróticos o zumbados, sino de personas inteligentes. A veces surgen los monstruos, los genios, y entonces el lector se vuelve creyente, adorador o maniaco. El lector no siempre necesita genios para leer después de la tostada, sino hallar el texto de alguien que le cuente lo que pasa con claridad y, si es posible, con ritmo, buen lenguaje y belleza. El secreto, la rehostia, lo sublime, sería lograr aquella que Sartre pondera en Camus: el giro de los razonamientos, la claridad de las ideas, el corte del estilo de ensayista, sin dejar de ser poético y mediterráneo, ese equilibrio entre la evidencia y el lirismo que puede permitirnos tener acceso al mismo tiempo a la emoción y a la claridad.
En “Documentos. VIII Premios periodísticos de El Mundo”, en El Mundo, 4 de noviembre de 2009, p. 8.